El violinista


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Esa tarde estaba sentado en un banco de la estación, esperando el autobús que me llevaría a casa, tratando de sofocar el considerable mal humor que llevaba encima, después de un largo día. Levantarme a las 5 de la mañana hacía que mi cansancio fuera aún mayor. Dos viajes de 45 minutos en un traqueteante tren habían generado un buen dolor de espalda. Un tropezón con un desconsiderado ciclista me había causado un hematoma en la rodilla. Dos tramos de 30 minutos de caminata cojerosa provocaban que me mataran los pies. 6 horas de insufrible clase de cálculo avanzado habían resultado en un persistente dolor de cabeza. ¿He mencionado que la única moneda que llevaba en el bolsillo no era suficiente para desayunar? Tendría que esperar 2 horas más hasta llegar a casa. El único consuelo que me apaciguaba era la música que escuchaba desde mi teléfono móvil; pero de pronto un pitido me indicó que la batería estaba agotándose. Con rabia decidí parar la música y quitarme los auriculares, para así no gastar la carga restante. Qué asco de vida, tendría que aguantar la espera y el viaje de dos horas sin siquiera algo que escuchar.

Pero he aquí que a veces la vida te tiene preparada alguna sorpresa. Y es que nada más quitarme los audífonos escuché algo que llamó mi atención. El sonido agudo, rítmico y vibrante de la música de un violín. ¿De dónde venía? No era la música de fondo de la estación, el sonido era demasiado claro. Me levanté en su busca, tras unos pasos siguiendo aquella melodía vi a un joven con gesto alegre, tocando su violín. Una música esplendida llenaba la sala, unas hermosas notas clásicas dignas de la mejor filarmónica. En general la gente no prestaba atención al delicado espectáculo que entraba por sus oídos; pero de vez en cuando alguien dejaba caer alguna moneda en la caja del violín, gesto que el muchacho agradecía inclinando la cabeza. Olvidé el dolor de cabeza y de espalda, logré dejar de pensar en el hambre y cerré los ojos. Entonces recordé la moneda en mi bolsillo, no había servido para comer; pero sería dinero bien gastado.

Diez minutos pude disfrutar de aquel maravilloso concierto, hasta que se acercaron dos guardias de seguridad de la estación a decirle al joven que no podía estar allí. La gente comenzó a mirar con curiosidad. La música a la que no prestaba atención había parado y ahora sí se enteraban. El violinista les dijo que no veía el problema, que no molestaba a nadie. A lo que los guardias respondieron que no se permitía pedir dinero allí, no podían hacer excepciones y tendría que irse. El joven alzó los hombros con resignación y dijo que era una lástima tener que dejarlo; pero tendría que recoger. Yo no podía entender porque debía irse, cualquiera pagaría por algo así El chico se agachó con su violín en mano. Para mi sorpresa y la de los guardias, sólo cerró la funda con las monedas, la puso tras de sí, se levantó y siguió tocando. Los guardias se miraron con expresión de alegre complicidad y se fueron por donde habían venido. Cuando terminó aquella sonata un niño pequeño comenzó a aplaudir y como si me saliese del alma, me uní al aplauso, el cual siguió toda la sala, incluidos los guardias. Un escalofrío recorrió mi espalda y me inundó de mucha alegría. De repente todo el mundo estaba sonriendo.

Es increíble como un pequeño gesto de alguien, que se convierte en una acción desinteresada, puede llevar felicidad a tantas personas. El violinista siguió tocando una hora sin más recompensa que aquellos aplausos. Cuando llegó mi autobús seguía tocando. Espero algún día ir a un concierto y sorprenderme al ver el rostro familiar de aquel joven entre las cuerdas. Por mi parte, tenía por delante un viaje de 2 horas embutido al lado de un señor gordo que desprendía un raro olor. Me dolían los pies, la cabeza, la espalda y la rodilla. Tenía hambre y sueño. Estaba muy cansado. He de admitir que fue un buen día.

Escrito por: Luis A. R. Selgas.
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