El mensaje


Hola, mi nombre es Claudia, te saludo desde el otro lado del mundo, no sabrás quién soy y quizás nunca lleguemos a conocernos; pero debes saber que me has salvado la vida.

Ésta es la primera vez que escribo una carta de mi puño y letra. En mi vida he escrito cientos de correos electrónicos; pero nunca antes había plasmado sobre un papel algo que fuese dirigido a otra persona. Lo hago porque cuando termine pienso enrollar esta hoja, meterla en una botella y tirarla al mar.

Y cualquiera pensará que si echo esta carta al agua jamás podrás leerla. Creerán que se perderá en el vasto océano, que llegará a cualquier costa, se romperá o la encontrará alguna de las otras siete mil millones de almas que viven en este mundo, y allí terminará su viaje. Pero te explicaré porque sé con absoluta convicción que llegará a tus manos. Y es que no es que crea en la magia, en las fabulas ni en las supersticiones. En lo que sí creo con todas mis fuerzas es que todo ocurre por una razón. Todo en este universo está conectado, y miles de millones de ínfimos acontecimientos se unen para dar lugar a miles de enormes avalanchas que mueven nuestro destino. Y fue así como miles de esos pequeños sucesos se juntaron para unir nuestras vidas. Y así te lo cuento.

Vi un anuncio de una gran oferta limitada de cruceros por el sudeste de Asia, fue un martes a las 10 de la mañana. Por lo visto ese anuncio fue emitido una sola vez, así que de no haber estado en casa ese día a esa hora jamás lo habría visto. Y no habría estado en casa si mi jefe no se hubiese peleado el lunes con su mujer, porque no hubiese estado de mal humor en el trabajo y no me habría despedido. De no ser así, el miércoles por la tarde no se me hubiese ocurrido salir de mi casa para comprar un billete antes de que se agotaran. Pero sí vi ese anuncio y sí fui a reservarlo. En mi camino hacia el autobús pisé un chicle que, probablemente había sido tirado por un niño 5 horas antes. Al pararme para arrancarlo de mi suela perdí exactamente 2 minutos, tiempo necesario para que tomara el autobús siguiente en lugar del anterior. En total llegue a la agencia 5 minutos más tarde que si hubiese visto el chicle con tiempo de esquivarlo. Al entrar en el local, delante de mí sólo había una persona, un hombre con una bufanda colgada, algo extraño para esa época del año. Cuando terminó y se giró pude ver durante sólo un segundo sus ojos azules, y justo antes de salir por la puerta estornudó. Antes de que se cerrara te dije “salud” a lo que me respondiste “gracias”. Ése fue el único momento en que nos hemos visto y la única palabra que nos dijimos; pero aun así eres la persona más importante de mi vida. Al acercarme al mostrador y preguntar por la oferta, me comunicaron que la última reserva la había hecho el joven que acababa de salir. Te odié con todas mis fuerzas. ¿Cómo te atrevías a quitarme la última vía de desconexión que me quedaba? Habías visto el mismo anuncio que yo, un anuncio sólo emitido una vez, el martes a las 10 de la mañana. ¿Cómo lo habías visto? ¿Acaso estabas enfermo en casa? Un refrío fuera de época te puede haber impedido ir a trabajar el día anterior, y por eso pudiste llegar 1 minuto antes que yo a quitarme el sitio en mis vacaciones. Y encima habías estornudado justo antes de irte, como para que me diera cuenta que una simple casualidad podía cambiarlo todo. Volví a casa y me compadecí de mí misma durante una semana.

El día que salió el avión que debía tomar para ir a Indonesia para comenzar el crucero fui al aeropuerto, no sé en busca de qué. Allí estuve, hasta que el vuelo partió; pero no logré verte. Al sexto día de la fecha de salida del barco, una amiga me llamó por teléfono y me dijo que corriera a poner la tele. Un crucero se había hundido en trayecto de Indonesia a Filipinas durante una tormenta inusualmente fuerte. La compañía era la misma de la oferta. Había numerosos muertos y heridos; pero sobre todo desaparecidos. Comenzaron a aparecer listas seguidas de fotografías, y allí estaba la tuya. En el momento que supe que tu nombre era Cristian y que estabas entre los desaparecidos dejé de odiarte. Y entonces me di cuenta de que cualquier pequeño detalle habría cambiado totalmente el resultado. Si ese chico no hubiese tirado ese chicle yo habría subido al primer autobús en lugar de al segundo, habría llegado 5 minutos antes a la agencia, o si tú no hubieses salido, probablemente, por la noche con el pelo mojado y no te hubieses resfriado, no habrías visto el anuncio. Nunca nos habríamos cruzado, y yo ahora estaría muerta. Así que has de saber que nuestro pequeño momento, esa corta conexión ha sido muy importante para mí y nos unirá para siempre.

Han pasado 16 días y no he hecho más que seguir las noticias, leer el periódico, llamar a la compañía para saber cómo va el rescate. Hace tres días me informaron que paralizaban las labores. Que ya no iban a encontrar a nadie más. Me recomendaron que debía dejar el duelo para los familiares y amigos, que yo siquiera te conocía. Yo siento que has sido muy importante. Esto no puede quedar así, por eso te escribo esta carta. Sé que tiene que haber alguna forma, no puedes estar en el fondo del mar con aquel barco. Sé que durante aquellos fatídicos momentos de tormenta, tú debías estar tan temeroso y desesperado como cualquier otro. Pero en el momento en que si hubieses ido hacia la derecha una parte del barco habría caído sobre ti, estoy segura que tú corriste hacia izquierda, quizás escuchando a alguien en apuros. Por algo como eso no fuiste a los botes a tiempo y por eso seguías aún con vida. Sé sin duda que cuando el barco rujía por el agua que entraba con gran fuerza, y mientras la lluvia y el viento azotaban, tú no te quedaste en un sitio en el que, de lo contrario, el mar te habría tragado. Sé que una vez en el agua nadaste con todas tus fuerzas. Sé que te aferraste a un chaleco como te debías aferrar a tu vida. Sé que la marea y el fuerte viento debieron arrastrarte lejos de los botes y los barcos de rescate, porque de lo contrario sería admitir que te hundiste con el crucero. Sé que horas más tarde o quizás un día después seguramente habrás visto una isla. Sé que estás allí esperando esta carta. Y sé todo eso porque si escribo esto y lo dejo en el mar debe ser para algo. Creo que todo ocurre por alguna razón, así que esta carta ha de tener un destino, y ese destino eres tú. Nos volveremos a ver.

Termino ya de escribir esta carta, la cerraré en una botella y dejaré que la arrastren las olas. Es difícil que el frasco logre llegar desde las costas catalanas hasta las islas de Indonesia, pero sé que de alguna forma encontrará el camino. Hoy es viernes 1 de junio.

Mi nombre es Claudia, te saludo desde el otro lado del mundo, no sabrás quién soy y quizás nunca lleguemos a conocernos; pero debes saber que te amo.

<<4 de junio, Marsella Francia. Me llamo Charlotte y he encontrado una botella en la playa. No sé si será una nota real o sólo una broma pero me parece emocionante. Escribo estas líneas para que quede constancia de su paso por aquí. Espero que llegue a su destino.

<<8 de junio, Cerdeña Italia. Tu historia me ha conmovido Claudia. Si alguien más encuentra esta carta espero que la ayude a llegar a su destino. Escribo porque me pareció una gran idea la de Charlotte y por tanto dejo constancia de la misma manera.

Adiós y navega lejos, se despide Mario.

<<11 de junio, Pachino Sicilia. Soy Isabela de Sicilia, perdí a mi marido hace poco y esta historia me ha devuelto la ilusión por vivir. Qué bueno que sigue existiendo gente capaz de creer, y que devuelve al mar este mensaje de esperanza. Lucha Cristian.

<<16 de junio, Atenas Grecia. Me llamo Claudio, así que seré el tocayo de esta chica. Mi hija vino esta mañana emocionada con la botella y la carta. No creo que sea verdad; pero me ha pedido que te ayude. No veo que vaya por buen camino, ya que se quedará atrapada años en el mediterráneo. Mañana parto a Estados Unidos, la llevare conmigo. Creo que por el pacifico tiene más posibilidades de llegar a Indonesia.

<<18 de junio, Los Ángeles EEUU. De nuevo escribo para dejar constancia de que este mensaje ha cruzado el atlántico en avión. Lo dejo en el mar junto con la botella que la llevaba. Espero tengas suerte, mi hija se alegrará mucho.

<<21 de junio, San Francisco. Me llamo Sara, he recogido esta carta en el puerto. Es hermosa tu historia, Claudia. Me sumo a todos los demás en darte ánimos. La botella estaba un poco rota, así que la cambio por una nueva. Muchos ánimos. Cristian sigue vivo, por favor.

<<01 de julio, Hawái. Soy Tomas. Yo y mi mujer estamos de luna de miel en Hawái y hemos encontrado esta esperanzadora carta. Lamento decir que la encontramos tirada en la calle, alguien la habrá encontrado en el mar y no le importó demasiado ni como para devolverla sin escribir. Está un poco arruinada y no es del todo legible. Creo con firmeza en lo de que todo pasa por una razón, Claudia. Y creo que por eso la carta llegó hasta mí. Tengo un blog que es seguido por muchas personas, y quizás eso pueda ser útil. Reescribiré la carta y la colgaré. Le pido a todo el que la lea que imprima una copia, la coloque en una botella y la lancé al mar. No importa donde estés, ayudemos a esta mujer a probar que la esperanza existe. Yo por mi parte haré lo mismo desde Hawái. Siento no poder transcribir todas las notas de la gente pero hay algunas que no se entienden para nada, debido al deterioro. Así que pensar que paso por más manos además de las que no se hayan atrevido a escribir unas palabras. Espero que docenas de botellas sean mejor que una. Ten fe. Vamos a encontrarte Cristian.

<<03 de julio, Buenos Aires Argentina. Me llamo Tamara. Mañana voy a la costa así que imprimiré una copia.

<<03 de julio, Madrid España. Soy Juan. Es muy bonito todo esto. Veo que las notas hasta ahora escritas, están en varios idiomas. Griego, Ingles, Frases, etc. Cristian quizás no entienda todo. Yo no tengo mar cerca; pero quizás pueda ayudar traduciendo lo que hay hasta ahora al español. Colgaré la traducción. Sigue esperando Cristian.

<<04 de julio, Darwin Australia. Hola Cristian. Soy Jennifer. Espero con muchas ansias que sigas con vida y puedas reunirte con tus seres queridos. He impreso la carta y agrego a la memoria que ha pasado por Australia. La colocaré en una botella roja de cristal que fue de mi padre. Ojala su color te ayude a verla en el mar.

<<08 julio, Kendari Indonesia. Mi nombre es Diana, soy mejicana y estoy de viaje por este rincón del mundo. Vi la botella ayer en la playa y pensé en llevármela de recuerdo hasta que vi el mensaje. Cuando entré en Internet descubrí que era cierto lo que en ella está escrito. Al parecer hay decenas de personas dejando su copia en diversos lugares del mundo. Pero yo soy la que está más cerca. Así que aquí la dejó. No sé si tu Cristian estará vivo o no, Claudia; pero espero con todas mis fuerzas que así sea. Ánimos, ya estás muy cerca.

<<28 de julio, Wellington Nueva Zelanda. He tenido esta carta en mi poder ya unas semanas y aún no había podido escribir mi parte para devolverla al mar. Te voy a contar una historia, que ante todo no está construida a base de “podría” o “seguramente”. Te voy a contar una historia real. Y sé que es real porque me paso a mí. Y esa historia comienza el día que encontré la carta que me ha acompañado desde el día 12 de julio, cuando, mientras caminaba por la playa, sin ánimos de vivir, logré ver una brillante botella roja siendo arrastrada por la marea. En ella había una hoja con letras impresas, pero también tenía partes escritas a mano. Mi sorpresa fue inmensa cuando me di cuenta que en ella se mencionaba un nombre que no había escuchado en más de 58 días. Entonces recordé un tiempo que parecía ya muy lejano, cuando dormía en una cama y no entre hojas. Y comía caliente y no pescado crudo y raíces. Recordé aquel martes por la mañana y la razón por la que estaba en casa. No es que estuviese enfermo, pues yo trabajo desde casa. Pero no es normal que miré la tele por la mañana, sucede que aquel día estaba un poco deprimido. La noche anterior me la pasé consolando a mi mejor amigo, porque se acababa de divorciar de su pareja. 8 años de matrimonio terminados así, con la firma de un papel. Él estaba destrozado; pero al regresar a mi piso, me di cuenta que yo siquiera había vivido esos 8 años. La vida estaba pasando y yo me encontraba encerrado en mí mismo sin abrirme a la posibilidad de tener a alguien que me acompañara en el camino. Así que ese martes por la mañana, me lo pasé viendo la televisión y pensando que hacer con mi vida. Cuando vi un anuncio de viajes pensé que quizás debía conocer mundo. Relacionarme con gente. En resumidas cuentas, vivir. Cuando salí al día siguiente, me puse la bufanda, no porque hiciera frío, sólo creí que me quedaba bien, sin pensar en que hacía calor. Compré los billetes sin fijarme en quién tenía detrás. Pero cuando me giré me crucé con unos ojos verdes que me hicieron pensar que me iba de viaje, y me iba solo. ¿No sería maravilloso compartir aquella experiencia con esos ojos verdes? Al salir por la puerta estornudé, no porque estuviese resfriado, sino porque tengo alergias. En ese instante compartimos las únicas palabras que hemos cruzado y que no puedo dejar de recordar desde que leí estas líneas. Tú me dijiste “salud” y yo te dije “gracias”.

La semana siguiente fui al aeropuerto casi sin ganas. De verdad iba a largarme a conocer mundo, y lo había decidido a lo loco. Embarcamos y tú no me vistes, pero yo sí te vi. Por un momento pensé que después de mí habías comprado el mismo paquete. Quizás todo ocurría por una razón. Pero te quedaste en tierra y yo volé a mi aventura.

La noche del naufragio fue la peor de mi vida. El miedo era una fuerza que me retenía, me asfixiaba. Por suerte corrí a la derecha en lugar de la izquierda en un momento dado. Pues si no hubiese sido así, una zona del techo que se desprendió me habría aplastado. Luego me quedé parado y el mar me arrastró hacia el fondo mientras el barco se hundía; pero una plataforma de madera salió disparada a flote y yo ascendí con ella. De haber querido nadar seguramente el oleaje me habría ahogado sin tener nada a lo que aferrarme. Luego me quedé inconsciente y no desperté hasta la mañana siguiente, con el mar en calma y flotando sobre mi improvisado bote. Nadie se veía en el horizonte, estaba totalmente solo.

Llegué a una isla 2 días después. Tenía un hambre atroz, pero la sed era mortal. No te contaré las calamidades que pasé allí, te basta con saber que había poca comida, algo de agua y el tiempo era inclemente. La única esperanza que tenía era que me rescataran, y al ver que pasaba el tiempo y nadie venia, comencé a pensar que tendría que salir por mí mismo. Así que comencé a preparar mi balsa de madera para poder aguantar un viaje más largo.

Cuando se cumplían 55 días del naufragio ya estaba casi listo. El miedo me ganaba, pero no tenía más ganas de vivir si era en esa isla. Entonces mientras caminaba por la playa encontré la botella y eso me dio ilusión por aguantar algo más. Tú creías que estaba vivo. Podían estar buscando aún. Si no hubiese encontrado la carta, sin duda habría partido, y aquella noche azotó la peor tormenta desde el hundimiento del barco. No lo habría conseguido en el mar.

Y así fue como me quedé en la isla, y así sucedió que 5 días después de la llegada de tu mensaje vino en mi busca un lanchero de la zona. Nunca fui tan feliz, pero el hombre aquel también parecía enormemente contento de verme. No entendía una sola palabra de lo que decía, pero en su mano llevaba una copia de la carta que yo mismo tenía. Como después supe, el mensaje se difundió por Internet en muchos idiomas y la gente que iba a Filipinas e Indonesia comenzó a dejar sus copias en las playas. Las personas que vivían en la zona volvieron a hacer búsquedas, esta vez más extensas tratando de hallar al hombre del mensaje en la botella. Las islas desiertas no son como las de las películas. Todas las islas son conocidas, sólo que hay muchas que no son visitadas, algunas durante meses o años, si no acaso por algunos pescadores y gente de mar. Resulta que llegué a una pequeña isla del archipiélago de Palaos. Una de las más cercanas a Indonesia. Y allí viví mi desventura.

Ahora, más de 2 meses después de mi crucero, estoy en un hospital de nueva Zelanda. En unos días me darán el alta y podré volver a casa. Quiero volver a mi hogar. Y quiero tener alguien con quien compartirlo.

Y aquí viene la parte por la que digo que devuelvo esta carta al mar. Y es que me he puesto en contacto con Tomas, quien tiene la carta original y me la ha enviado. La hoja está muy deteriorada. Por eso no pudo copiar la dirección que tú habías escrito en la cabecera, ni tampoco tu nombre completo, ni tu apellido. Sólo sé la agencia de viajes donde nos encontramos. Ni siquiera sé si vives cerca de allí. Puedo buscarte, pero la ciudad es grande y hay mucha gente. Así que el mensaje vuelve al mar, con la esperanza de poder encontrarte. Y sé con absoluta convicción que así será. Porque hay algo que creo con todas mis fuerzas y es que todo ocurre por una razón.

Hola, mi nombre es Cristian, te saludo desde el otro lado del mundo, no sabrás quien soy y quizás nunca lleguemos a conocernos; pero debes saber que me has salvado la vida.

Escrito por: Luis A. R. Selgas.
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6 comentarios en “El mensaje

  1. Hola Arveloky, acabo de llegar aquí traída por un artículo de Literautas, leyéndome todos los artículos y todos sus comentarios decidí venir a leerte.
    Puede que haya cositas que retocar como te comentan. Pero a parte de eso te escribo en los comentarios, cosa que nunca suelo hacer, para decirte que entré para hacerte una “crítica”, una de esas que nos gusta a los que escribimos, pero no pude, entré en la historia y dejé de leer para vivir lo que has escrito.
    Realmente me ha tocado el corazón. Gracias.

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    • Te ruego me perdones por no haber respondido antes. La verdad es que últimamente no le he prestado atención al blog. Vamos, que lo tengo bastante abandonado. En parte por falta de ánimos y en parte porque intento trabajar en una novela. Te agradezco muchísimo tu comentario y me llena de ilusión por seguir escribiendo. No te preocupes, si has de criticar, sea para bien o para mal, lo recibiré con agrado. Las críticas siempre ayudan a mejorar. Me alegra que te haya gustado el relato, en el blog hay unos cuantos más si te apetece leerlos, ya sea para disfrutarlos o sufrirlos. Un gran saludo y nos leemos.

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    • WOw, muchas gracias a ti por tus palabras. La verdad es que suelo imaginar este relato como una imagen aérea a toda velocidad del mar, mientras se van escuchando las voces en off de los que escriben. Luego se detiene en una playa y está el muchacho tirando la botella. Eso me emociona a mí. ¿Qué le vamos a hacer? soy así de sentimental.

      Desde ya aprovecho para recomendar tu blog, hay historias estupendas como “el chico del tren”. También te doy las gracias por escribirla. Aunque he tenido que descubrirla yo. Jeje.
      Si ayudo a que la descubra alguien más estaré contento.
      http://asomadalalocura.blogspot.com.es/2014/05/el-chico-del-tren.html
      Muchos saludos, y nos seguimos leyendo.

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