La corta existencia de Gabriel Thomas


   Los relatos tratan de algo, normalmente tienen una historia por contar, pero este relato en particular era aun una idea por generarse. Aun se encontraba en la mente del autor queriendo salir sin siquiera saber si existía. Al fin surgió la idea, y con ella una posibilidad que aun era una mísera hoja en blanco. Para que comenzara a crecer debía tener algún personaje, y entonces un personaje surgió en la nebulosa mente del autor. Ese personaje no tenía forma, solo presencia, pero poco a poco se convertía en algo tangible en la imaginación. De pronto el personaje adquirió rostro, un rostro particular que le daba carácter. Fue desarrollando instintivamente una personalidad y ¿por qué no? conciencia de si mismo. Y con su conciencia recién adquirida se convirtió en un individuo. La verosimilitud de este individuo fue haciéndose tangible y, de pronto, allí donde no había nada apareció un nombre, “Gabriel Thomas”, que por supuesto era su nombre. Gabriel miró a su alrededor y donde antes no se había percatado que hubiese nada le rodeaba una gran ciudad. Sólo debía ser un despiste, esa ciudad siempre estuvo allí. Y mientras observaba la majestuosidad de su ciudad natal pudo recordar su vida y a sus seres queridos. Miró el brillante sol y pensó en el calor que este trasmitía, aun y la distancia abismal que les separaba, y esto le hizo recordar sus problemas y la complejidad de la vida.

   Pero Gabriel Thomas no lo veía todo tan claro. Aun con todo lo que parecía rodearlo y toda la vida que sabía que tenía, sentía como si su mundo entero estuviese falto de profundidad. Como si él fuese el único que tuviese algún ínfimo valor de aquello que podía apreciar. El no sabia que era así, pero el hecho de ser lo único que era narrado en la historia lo imbuía de valor por encima de lo demás, que era un simple escenario para su existencia. Sin saber porque una idea ocupó la mente de Gabriel. Y esa idea le decía que sus propios recuerdos estaban limitados a aquello que pensase en este mismo momento, como si por alguna extraña razón fuesen colocados allí en el mismo momento de pensarlos. Si algo así era posible, quizás nada en absoluto fuese real. ¿Cómo podía saber que el mismo no era parte de una hoja siendo escrita en ese preciso instante?

   Gabriel entró en desesperación mientras su entorno, la ciudad, el sol que le calentaba, se fueron difuminando ante sus ojos. Se giró y logró ver a través del paisaje una nebulosa blanca moteada en negro, como si de una hoja blanca escrita se tratase. No podía percibir lo que estaba escrito, sólo notaba que lo rodeaba y aprisionaba, como si las palabras dictasen todo lo que pensaba y hacía. Vio una palabra que destacaba entre las demás aproximándose hacia él. Era corta y escrita en letras más oscuras. Alargó la mano para tocar las letras que pudo reconocer formaban el vocablo TODO, pero se escaparon de entre sus dedos y se alejaron cada vez más con cada silaba escrita por quien quiera que regía su destino.

   Gabriel se dio cuenta al fin, de que no tenía salida alguna, que si acaso su existencia debía limitarse a unas pocas líneas, en lugar de los años que había creído haber vivido. Y si sólo tenía unos pocos párrafos desde su nacimiento, lo mismo pasaría con su muerte. Ya que a medida que se aproximaba a su final el relato, él se acercaba más a su olvido. No supo que hacer por un momento, y entonces se dio cuenta de algo que no tenía sentido alguno. ¿Cómo podía ser conciente de que era un personaje de ficción? Y la respuesta era simple, sólo podía serlo si por alguna sádica razón, el autor decidió hacérselo saber. Incluso darse cuenta de esta revelación tenía que estar siendo escrito. Si todo aquello era escrito, ¿no era igual de lógico pensar que alguien terminaría leyéndolo?

   Se acercó lo más que pudo a las palabras, para estar seguro de que lo que hiciese quedaría registrado en el texto.

   —¡Eh, tú! ¿Puedes escucharme, verdad? —gritó al vacío sabiendo bien a quien se dirigía. Sólo había una persona escuchándolo en aquel momento, pero siguió leyendo sin darse bien cuenta que se referían a él.

   «Te hablo a ti, no ha nadie más escuchando. —El que escuchaba sintió por primera vez que la cosa iba con él, pero era imposible. ¿Como iba a ser un personaje ficticio conciente de la existencia del lector?

   «Puede que te parezca entretenido leer historias, pero no te das cuenta de la tortura que representaría para tu vida descubrir que sólo existes por mero capricho y divertimento. Se que no me responderás, piensas que eso sería una paranoia. Pero yo quería hablarte, porque se que existes y que yo sólo existo porque tú me lees.

   El lector estaba algo confundido con el camino que estaba tomando la historia. Por momentos Gabriel estaba dejando de tener protagonismo para pasar a él mismo. Se planteó algunas preguntas, sin darles demasiada importancia. ¿Cómo podía estar seguro de que él, como lector y como persona, existía realmente? ¿Acaso no podía ser parte de una ficción sólo un poco más grande que la de Gabriel Thomas? El lector sabía que esas preguntas eran ridículas, sin embargo mientras se las hacia, podía verlas escritas en el propio relato. ¿Se hacia las preguntas porque las estaba leyendo o estaban escritas porque él lo había pensado y formaba parte de la historia?

   El lector no se preocupó, sabía que existía y que esto era sólo un relato. Un relato enrevesado y extraño, pero un relato al fin. Ni siquiera se plantearía que si no era conciente de ser ficticio era porque, en su historia, no estaba escrito por su autor. Por su parte, Gabriel sí era conciente de su inexistencia, y veía como poco a poco se aproximaba el vacío de palabras que significaba la conclusión de su historia. Gabriel sí se planteaba la posibilidad de que el mismo lector, o incluso el autor de estas líneas, no fuesen más que otros personajes en la mente de un escritor aun más grande que ellos. Y sabía que ellos deberían estar atentos por si alguna vez se encontraban a su alrededor una nebulosa de palabras que fuese el folio donde estaban siendo escritos. Después de todo Gabriel pronto sería olvidado y sólo volvería a nacer si otro lector se dignaba a comenzar su historia.

   Ya sin miedo, recorrió poco a poco su último párrafo, observando como se aproximaba una palabra de tres letras un poco más grande que las demás. Le quedaba la satisfacción de haber tenido una existencia, que aunque corta, le había servido para descubrir más cosas sobre si mismo que muchas personas que creen existir de verdad. Dio unos pasos hacia el infinito y logró abrazar aquella última palabra de tres letras que decía…

…FIN

Escrito por: Luis A. R. Selgas.
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