2. Estimadísimo señor o señorita N.N.


 +Debes haber leido antes el capítulo anterior.

1. Un mundo como el tuyo; pero no exactamente igual.

Regresa el joven Nigel con sus divertidas metidas de pata. Esta vez descubriremos que pasará con su admisión universitaria. Y conoceremos a nuevos personajes. Espero que hayáis disfrutado tanto como yo de Nigel, de momento se quedará guardado en un cajón, pero no descarto que volvamos a saber de él algún día. En fin a leer, y si sacáis algo de el tiempo invertido mucho mejor.

  Lo había escuchado miles de veces. Se lo habían dicho sus profesores, se lo había dicho James, su hermano no paraba de decírselo, incluso estaba seguro de que alguna vez se lo habían dicho sus padres, hace muchos años. Había escuchado tantas veces aquello de que “la curiosidad mató al gato” que la frase dejo de tener sentido para Nigel. Él creía que el gato podía haber sobrevivido de haber hecho mejores preguntas. Además, las preguntas que él tenía eran totalmente justificadas.  Por ejemplo, le gustaría saber como llegó hasta el escritorio del director aquella carta dirigida a N.N. Estaba bastante seguro de que antes de la irrupción del misterioso individuo del gorrito vinotinto, en el escritorio no había ninguna carta. Aunque bien pensado, tampoco recordaba que hubiese un teléfono, ni aquel portalápices de madera. Quizás debería reconsiderar su capacidad de atención. Hace no mucho que se había dado cuenta de que su mayordomo era calvo y al parecer siempre lo había sido. Bien visto la carta podía haber estado allí horas, mientras él se centraba en no centrarse en lo que ocurría a su alrededor.

   La carta estaba dirigida a N.N., así que cualquier persona que se llamase Nigel Newton y que por casualidad soliese firmar de esa manera, podría pensar, como era razonable, que dicha carta fuese para él. Se levantó del asiento para recogerla justo cuando se abrió la puerta. Esta vez era el director el que entraba. Tenía fama de mal carácter y de ser altamente estricto con los alumnos que ocasionaran problemas. En un instituto de enseñanza básica científica tan respetado como ese, no se consideraban problemas las explosiones que reventasen todos los cristales del muro norte, ni los incendios no premeditados (o premeditados a medias), ni siquiera la desaparición ocasional de algún docente por desmaterialización molecular. Ese tipo de cosas eran necesarias para el sano aprendizaje de los estudiantes. Lo realmente intolerable era que un alumno cuestionase a un profesor insinuando que podía equivocarse. Y naturalmente el director no lo iba a permitir en su escuela.

   Nigel estaba francamente nervioso, el director le imponía algo de miedo, con sus gafas gruesas de pasta y sus negras cejas espesas. El hombre lo miró  con desdén mientras revisaba los papeles de su escritorio.  La carta estuvo entre sus regordetas manos unos instantes antes de ponerla en el montón de papeles pendientes. Los ojos de Nigel la siguieron como sigue un perro a un coche en marcha. Cuando la hoja se quedó boca abajo en la madera, se pudo apreciar perfectamente el sello de la Universidad Académico Científica del Medio Oeste.

   —Así que faltándole el respeto a un docente — dijo el director con su profunda voz.

   —No era mi intención faltar al respeto, señor.

   —Silencio. Es muy importante para un futuro académico saber guardar las formas ante un superior.

   —Lo entiendo, señor.

   —Explíqueme que es lo que pasó, señor Newton.

   —Se lo explicaré con gusto, señor. Pero antes, ¿sería tan amable de permitirme leer la carta que acaba de dejar?

   —¿Para que iba a querer usted una carta que esta en mi despacho?

   —Porque creo que es mía.

   —Lo dudo mucho. Es una carta con el sello de la UACMO. Y esta dirigida a un tal N.N.

   —Si bueno, es que…

   —Es que nada, señor Newton. Explíqueme como es que se ha atrevido a faltar al respeto a un profesor. Además justo hoy, el día que nos visita el excelentísimo Profesor Ignacius Blastospanto.

   Vaya día para meter la pata. No podría haber escogido peor momento para caldear el humor del director. Encima de todos los puntos que ya pesaban en su contra para obtener plaza universitaria, un castigo podía empeorarlo todo. Y si de ello se enteraba el mismísimo Profesor Blastospanto, peor que peor. Y es que el famoso y condecorado académico era el Decano de la UACMO. El anciano profesor era una de las mentes más brillantes del globo. Entre sus logros más destacados estaban: la formula química para encogerse (muy útil para los viajes en clase turista), el descubrimiento de 5 galaxias con forma peces de agua dulce, así como estudios en clonación de hurones (a saber con que fin) y la fase final de desarrollo de una crema de chocolate que no engorda, este último tenía en vilo a gran parte de la comunidad científica, o al menos a la parte con más hambre. Para Nigel ser castigado frente a un científico de tal calibre podía representar el fin de su prometedora carrera académica, incluso antes de estar seguro de querer comenzar a recorrerla.

   No le quedaba otra salida que explicar su punto de vista de los acontecimientos, esperando que por algún giro imprevisto del destino se apiadaran de él. Se dice que la perspectiva de cada uno es la que define su propia realidad. Así que si explicaba su versión de manera suficientemente clara, se convertiría el la realidad predominante, por encima de la realidad de su profesor, en la que seguramente Nigel había cometido un gravísimo pecado capital, y que obviamente sólo era una realidad poco más que alternativa.

   La realidad de Nigel ocurrió así:

   La clase de química intermedia era un conglomerado bullicioso, y lo era en más de un sentido, ya que los alumnos no paraban de parlotear bulliciosamente y por su parte un montón de matraces y pipetas de vidrio no paraban de bullir. Al profesor no es que le importara demasiado si los alumnos prestaban o no del todo atención, después de todo cada palabra que decía durante su exposición estaba impresa en los libros de texto, tal como cualquier estudiante debía saberla. Si no escuchaban en clase ya estudiarían en casa. Nigel, como todo buen estudiante, también prestaba atención sólo a medias. Su mente se encontraba atareada preocupándose por las cartas negativas y la tardanza de la última respuesta.

   El profesor seguía explicando el tema de las reacciones químicas, mientras Nigel lo escuchaba con la única parte libre de su cerebro. La clase no era especialmente aburrida; pero a los 15 años los jóvenes tienen una habilidad especial para que cualquier misterio de la naturaleza suene como un montón de gallinas cloqueando, es como un superpoder.

   —Y como podéis comprobar vosotros mismos en vuestros matraces llenos de vinagre —cloqueo el profesor mientras Nigel se preguntaba sobre lo injusta que es la vida—, si introducís en él una cantidad de bicarbonato sódico se generará una reacción entre ambos, provocando la efervescencia. En otras palabras, se hace mucha espuma. Y con esto concluimos la cla… —A su alrededor seguía habiendo el mismo bullicio, pero entre ese mar de caras jóvenes y batas blancas medio manchadas se levantaba un flacucho brazo—. ¿Qué quiere, señor Newton?

   —¿Terminamos así? ¿No nos explica por qué ocurre esto?

   —En el libro aparece detallado, como podrá ver cuando lo estudie detenidamente.

   —En el libro sólo dice que la reacción es debida a que el vinagre es un acido y el bicarbonato una base.

   —Es que esa es la razón, señor Newton.

   —¿Y ya está?

   —Es una realidad científicamente probada, es todo lo que hace falta saber.

   —¿Pero por qué una base y un acido reaccionan así?

   —Si se empeña en saberlo, señor Newton, es porque son contrarios uno del otro. Por tanto se contrarrestan y ese es el resultado —Al profesor comenzaba a hinchársele una venilla de su frente—. ¿Contento?

   —Porque son contrarios no es una explicación. —Nigel se daba cuenta de que estaba entrando en terreno pantanoso, pero no podía parar—. Además, ¿Quién dice lo que es lo contrario de algo? Se supone que un perro y un gato son contrarios. Y se pelean, pero no van a comenzar a efervescer hasta que uno de los dos se disuelva.

   —Señor Newton, ¿piensa discutir un hecho científico totalmente probado y que además puede ver usted mismo en su mesa? Las realidades científicas no se discuten. Se aprenden y no se diga más. —El resto de los compañeros habían dejado de lado sus conversaciones y miraban con expectación la discusión.

   —No dudo de los resultados, profesor. Ni siquiera dudo de las explicaciones que se les dan al fenómeno. Sólo digo que no se puede explicar algo diciendo que es porque sí. Tiene que haber una razón más detallada, y si no la hay debía estudiarse mejor.

   —¿Está diciendo que tanto yo como el libro de texto, el cual escribí yo mismo estamos equivocados? —La venilla estaba a punto de estallar.

   —Por supuesto que no.

   —Eso pensaba.

   —Digo que seguramente no esté usted suficientemente informado sobre el asunto. —Nigel no tardó ni un segundo en darse cuenta de cómo sonaba lo que acababa de decir. Y mientras se lo explicaba al director en su despacho también se dio cuenta de que seguía sonando igual de mal. Así que la realidad que el muchacho trataba de expresar lo más clara y delicadamente posible, para evitar ser castigado, no es que le favoreciese en lo más mínimo. Era curioso como el director parecía tener la misma venilla inflamada que el profesor. Quizás fuese alguna epidemia. Aunque bien visto era probable que Nigel mismo fuese el portador.

   —Ahora que se lo he explicado, me permitiría leer la carta que tiene en la mano. Parece, usted algo irritado y la esta arrugando.

   —Le ha dicho a un docente, básicamente, que es un ignorante. Y pretende salirse con la suya.

   —¿Cree que esa es una posibilidad? Es que a mi me vendría francamente bien. —Miró la venilla—. Vale, ya me callo. Es que cuando estoy nervioso no pienso mucho lo que digo, como habrá comprobado y… He dicho que me callaba, me callo.

   —No se crea que aunque sea usted hijo de Balder Newton Sr. es más listo que el resto. Debe ser conciente que no se puede andar rebatiendo los conocimientos de un profesor. Usted no sabe nada de la vida aun. Las realidades científicas son básicas e inequívocas. Lo que dice la ciencia es exacto y verdadero, tanto como que mañana saldrá el sol o que el sistema decimal es el más eficiente.

   —Jo, jo, jo, jo.

   Una risa profunda estalló desde la puerta del despacho. El director abrió los ojos como platos en busca de quien había cometido la insolencia de reírse de él. Cuando Nigel se giró, se encontró con un hombre mayor, regordete, no demasiado alto. Tenía una maraña de cabellos casi totalmente blanco. Sus labios estaban camuflados entre una espesísima barba blanca y un bigotón bien cuidado de color gris oscuro. Nigel lo comparó mentalmente con fotografías vistas en periódicos. Recordaba bien que en los pies de foto solía decir “El excelentísimo Profesor Ignacius Blastospanto”. A su derecha se encontraba un hombre delgado sin ninguna barba y casi sin pelo. También solía salir en las fotos periodísticas al lado de Blastospanto y lo nombraban como “su amigo el lingüista”.

   —¡Profesor Blastospanto! —El director se levantó de un salto y corrió a sostener la puerta que el profesor no necesitaba que le sujetasen.  Cuando se halló en el despacho el anciano comenzó a explicar el motivo de su efusiva risa.

   —Fiunnfo infufufri fusfaa funfifaa farfaaa. —El director miró estupefacto a los dos hombres sin haber entendido una sola palabra.

   —Siento interrumpir tan instructiva charla —dijo el hombre delgado tras el profesor. Como su amigo y lingüista, con el tiempo había terminado convirtiéndose en su traductor no oficial. La espesa barba y el bigote de Blastospanto no eran impedimento para que el oído altamente entrenado del lingüista apreciara el significado de aquel galimatías.

   —Me farefefe, fe uftef ha ufilifafo ef fIfA feffifal fofo effeflo fe freafifa iffeffuffifle. —Tanto Nigel como el director miraron a Blastospanto y luego al lingüista en busca de un poco de ayuda.

   —Me parece que ha utilizado usted el sistema decimal como ejemplo de verdad indiscutible —siguió traduciendo cada palabra que salía de las barba del profesor—. Y debe saber que no es tan inimaginable que usásemos cualquier otro medio para contar. Podríamos bien usar colores, o notas musicales. Sin embargo usamos los números. Debe ser que la ciencia es compleja y por tanto sólo los mejores entendidos podemos dilucidar las razones para algo así.

   «La realidad no podría estar más alejada, muy señor mío. Cuando vemos a un niño contar con los dedos, a nosotros los adultos, nos parece un acto que demuestra su poco nivel mental. Y nunca nos preguntamos porque son 10 números los que utilizamos. ¿Por qué nuestro sistema, al que creemos tan perfecto no usa 7 ni 15 dígitos? Usa 10.

   —Pues es obvio que los 10 dígitos son los que mejor se adaptan al cálculo y la ciencia en general —se dirigió el director al anciano profesor.

   —Al cálculo le dan igual los dígitos que utilicemos —siguió traduciendo el lingüista—. Todo lo que vino después se adapto a nuestra manera de ver las cosas. Usamos diez dígitos, ni más ni menos, porque el primer cavernícola que decidió dedicarse a las matemáticas, tenía 2 manos y en cada una 5 dedos. Nos resulta más fácil entender un sistema que podemos ver en nuestras propias manos. Así que si tuviéramos seis dedos tendríamos 12 dígitos en lugar de 10. Eso quiere decir, señor director, que somos tan tontos como creemos que es un niño pequeño por contar con los dedos. O bien que no debemos subestimar lo que una joven mente nos puede aportar. —Mientras el lingüista lo traducía, Blastospanto había apoyado su ancha mano en el hombro de Nigel, como demostración de sus palabras—. A veces ellos tienen razón y nosotros nos equivocamos.

   —Safer afer las fregunfas afefuafas ess más infiforfante fe fonofer las ferfuestas. —Nigel no entendió lo que había dicho el gran hombre.

   —Hacer… —El lingüista comenzó a traducir cuando Blastospanto lo interrumpió. Había visto la carta que sostenía el director en su mano y se la pidió con un gesto.

   El profesor miró el sello de la Universidad y el destinatario al que la había dirigido. En el cuello de la bata de laboratorio de Nigel se podía leer claramente el bordado identificativo que había hecho James. Unas delgadas y cursivas letras que ponían Nigel Newton, con las enes bien grandes. Blastospanto no pudo contener la risa mientras le pasaba la carta a su amigo.

   —Esta carta fue escrita personalmente por el profesor hace una semana, jovencito —dijo el lingüista, esta vez sin traducir—. Pero nunca fue enviada a su destino, pues quien la escribió olvidó poner su nombre y también su dirección. —Nigel se puso blanco. No era posible, recordaba perfectamente el momento en que comenzó a poner la dirección, justo cuando Balder entro y… No había escrito la dirección—. Al parecer alguna secretaria debe haberla enviado por error hasta este colegio. Además se equivocó en la fecha de impresión, ni siquiera pusieron bien el año. Vaya desastre. —Le mostró al anciano la fecha—. Profesor ¿De verdad hacía falta escribir una posdata? Bueno, usted sabrá.

   Blastospanto dejó de reír lo suficiente para coger nuevamente la carta y entregársela en la mano a Nigel diciendo —Freo que efto ef tufio —. Que alguien como él se tomase la molestia de escribirle, aunque fuese para rechazarlo, a Nigel le parecía un logro importantísimo. El Profesor y su amigo se retiraron a continuar la visita, no antes de que se le escuchara decir —Una cafualidad francafente inferessante—. A lo que el lingüista agregó —Coincido, una casualidad francamente interesante.

   El director estaba boquiabierto en su escritorio. La vena en su frente había desaparecido y en su lugar se notaba una ligera palidez.

   —Creo que puede retirarse, señor Newton —dijo sin siquiera mirarle.

   Nigel salió del despacho con la carta en mano. Miró en todas direcciones tratando de localizar al profesor Blastospanto y a su curioso traductor no oficial; pero ya se habían marchado. No podía esperar más y tampoco podía leerla en pleno pasillo. Si lo rechazaban y rompía a llorar sería una vergüenza que lo viese cualquiera. Corrió a más no poder y se encerró en el cuarto de la limpieza. Desplegó el ya bastante arrugado papel y se dispuso a su lectura.

   “Estimadísimo señor o señorita  N.N., tu carta me ha sorprendido bastante. Cada vez que leo una solicitud, es normal encontrar una cantidad ingente de conocidos y familiares que me recomiendan que admita al aspirante en cuestión. A falta de la existencia de académicos que avalen al muchacho, suelo encontrar enumeraciones de cada una de las disciplinas en que es altamente experimentado. Y seguido de esto me piden encarecidamente que se les tenga en cuenta, a veces incluso lo imploran. En tu carta no encuentro ninguna de estas cosas. Ni la confianza de una familia importante que te respalde, ni una gran variedad de conocimientos científicos por la cual respetarte. Por no encontrar, no encuentro ni un nombre al cual dirigirme. Y eso es algo que no está bien.

   No está bien pues sin un nombre no se a quien dirigir la respuesta a tantas preguntas que planteas. Entiendo bien tus inquietudes acerca de las prácticas, muy extendidas, de admisión académica. Te respondo que yo tampoco opino que la familia o recursos de alguien deban ser determinantes para que pueda prepararse. Jóvenes de todos los lugares y clases vienen cada día a abrir sus mentes en nuestra universidad. Tanto de Familias científicas como de padres alfareros. Sin ir más lejos mis padres eran comerciantes y mi hijo es ganadero. Todas pueden ser grandes mentes y todas deben ser apreciadas en su justa medida.

   Las solicitudes de todos son tenidas en cuenta, pero la tuya no se como clasificarla. Tienes más preguntas que nadie que haya pedido plaza jamás en esta institución (me he documentado). Pero lo más interesante es que tus preguntas no son egoístas. No he leído una sola línea en la que digas que algo de esto te afecta a ti. Y ni siquiera mencionas cuales son tus referencias, aunque describas que tus aspiraciones científicas vienen de tus padres. Espero con honestidad que todas tus solicitudes hayan sido respondidas con admisiones. Y que no olvidaras tu dirección en las demás que hayas podido escribir.

   Por mi parte, sería un gran placer que decidieras acompañarnos a lo largo de tu futura instrucción. En las aulas necesitamos mentes como la tuya, con ideas abiertas, capaces de plantear preguntas y de dudar de todo lo que le insinúen como preestablecido, sin miedo a querer cambiar las cosas. La ciencia también cambia con el tiempo. Las personas deberíamos poder hacerlo igual.

   Escribo estas líneas con la esperanza de poder localizar una dirección de destino para que puedas leer esta carta.

   Atentamente. Profesor Ignacius Blastospanto.

   Decano de la Universidad Académico Científica del Medio Oeste.

   P.D. Si no recibes la carta no hace falta que leas.”

   Nigel se sintió confundido. Ninguna otra universidad se había tomado en serio sus preguntas. Nadie más creía que fuese digno de ser admitido. Sin embargo la UACMO veía potencial en él, más allá de su apellido. Por primera vez comprendió, por qué para la familia Newton era un orgullo esa universidad. Quizás daba igual donde se aprendiera, pero no daba igual quien te enseñaba. Una universidad con profesores capaces de ignorar lo establecido y buscar nuevas maneras de avanzar. Un lugar en el que las preguntas eran el motor para seguir adelante. Ese era un lugar al que a Nigel le gustaría ir. Y entonces, por primera vez, se dio cuenta de que quería ser científico, para seguir los pasos de sus padres y llevar al mundo hacia el futuro. Nigel Newton salió del cuarto de la limpieza con muchas preguntas en la cabeza; pero esta vez no le preocupaba cuanto tardaría en responderlas.

   Dejó olvidada la hoja arrugada en el cuartito, al lado de las escobas. En el margen inferior izquierdo, justo al lado de la firma, estaba escrita una frase de puño y letra de Ignacius Blastospanto.

   “Saber hacer las preguntas adecuadas es más importante que conocer las respuestas”

Escrito por: Luis A. R. Selgas.
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