Celeste Eterno 1de2


   celeste eterno

1de2  

   Lo más sencillo era confiar en la absoluta voluntad de Dios. La pequeña niña siempre lo había sabido, su madre se lo había inculcado desde que tenía memoria. El claro reflejo de sus creencias estaba plasmado por todo el cuarto. Era la habitación especial de mamá, donde venía a rezar cada día. Todas las cruces, estampas y figuras de la casa se encontraban allí. A su padre no le gustaba todo aquello. Él lo consideraba superstición; pero nadie podía quitarle a mamá su rincón especial. Ese sitio era sólo para ella… y para la niña, por supuesto.

   La pequeña se subió al taburete y dejó sobre la mesita la figura de Jesús, no antes de darle un beso en la frente. Agradecía a Dios muchas cosas, que su madre estuviera de vuelta en casa era una de ellas. Salió del cuartito y cerró la puerta, se guardó la llave en el bolsillo del vestido rosa y corrió para subir las anchas escaleras de madera que daban a la segunda planta. A la niña le encantaba la casa de las afueras. Era el lugar adonde se iba la familia cuando querían descansar de la ciudad. Era grande y moderna, tenía todo lo que una niña pudiese desear; una habitación enorme con todos sus juguetes, un parque con columpios en el patio, un jardín que daba directamente a una arboleda en la parte de atrás y lo más importante, todo el aire puro que pudiese necesitar mamá para ponerse bien. Cuando la niña llegó al segundo piso, no pudo reprimir la necesidad de asomarse por el balcón. Un día espléndido le devolvía la mirada desde el otro lado del pasamanos.  Un sol brillante, césped verde y el cielo de color celeste eterno. Su madre llamaba a eso los pequeños regalos de Dios. La niña estaba encantada, luego saldría a jugar. Miró el camino del bosque, el que se perdía entre los árboles. Le hizo gracia el hombre que vio a lo lejos, con su traje gris, su bombín y su paraguas. La niña levantó nuevamente la vista al cielo. “¿Para qué se pasearía alguien con un paraguas en un día así? —se preguntó.” Luego saldría a correr por el campo, antes debía saludar a mamá. Salió corriendo por el pasillo y casi resbaló en el suelo pulido de la esquina. Se repuso y continuó a toda velocidad hasta la puerta. La abrió de golpe e irrumpió en la habitación dando saltitos.

   —Hola mamá —gritó la niña. La mujer se medio incorporó en la cama.

   —Hola bichito. Te veo muy animada.

   —Sí. Hace un día estupendo para salir. ¿Te vienes conmigo?

   La madre sonrió con labios cansados. El sol de su vida era esa niña. Su gran regalo de Dios. Puso un pie en el suelo y la tela de su bata se entreabrió permitiendo ver parte de una cicatriz en el pecho. La niña la observó con unos ojos que anhelaban saberlo todo.

   —¿Todavía te duele? —interrogó la pequeña.

   —Apenas, cielo. Ya me encuentro mucho mejor —respondió la madre—. ¿Sabes dónde están mis zapatillas?

   La niña se agachó debajo de la cama, se arrastró y salió por el otro lado como una lagartija. Llevaba en la mano una de las zapatillas.

   —No encuentro la otra, mami.

   —Tranquila, bichito. Está aquí, bajo la silla. —La mujer se arrodilló para recogerla; y cuando se incorporó, frunció el ceño y se llevó la mano al pecho.

   —¿Se puede saber qué hacéis? —preguntó una voz profunda desde la puerta. La niña se giró sobresaltada, era papá.

   —Vamos a salir a pasear, papi.

   —Tu madre no puede salir. Está enferma.

   La niña apretó los labios descontenta.

   —Ella dice que está mucho mejor, ¿verdad, mami?

   —Me encuentro bien, gracias a Dios. —El hombre puso los ojos en blanco al escuchar esa expresión, siempre lo hacía.

   —Me alegro de que te sientas con fuerzas. Pero el médico dice que necesitas reposo.

   La madre volvió a recostarse, y cuando lo hizo su marido notó una pequeña expresión de incomodidad.

   —¿Segura de que estás bien?

   —Tengo un poco de acides, de resto estoy perfectamente. Pero si te deja más tranquilo me quedaré en cama.

   —Sólo me preocupo por tu salud.

   —Lo sé, y te lo agradezco. —El hombre se acercó y le plantó un beso. La niña sacó la lengua, asqueada por la muestra de cariño, innecesaria para su entender.

   La pequeña contuvo sus ganas de salir a retozar. No quería que mamá se pusiera enferma nuevamente por su culpa. Se sentó junto a ella en la cama y le acarició el pelo.

   —Tu nuevo corazón sí funciona bien, ¿verdad, mami?

   —Sí, bichito. Este nuevo corazón me durará mucho mucho tiempo.

   —Sé que te lo puso el médico; ¿pero de dónde lo han sacado? —preguntó la niña, rozando suavemente la cicatriz con sus pequeños deditos.

   Los padres  se miraron dubitativos. ¿Qué se podía responder a una pregunta así? La verdad era lo más sensato.

   —El corazón que tiene ahora mamá, perteneció antes a otra persona —respondió el padre.

   —¿Y  cómo funciona esa persona sin corazón?

   —No puede, cariño. Esa persona murió antes de donarlo.

   —¿Tuvo que morir alguien para que mamá dejara de estar enferma? —La niña analizaba la situación de una manera mucho más compleja de la que a un adulto cabría suponer. Por supuesto que prefería que muriera otra persona antes que su madre; pero ese pensamiento le parecía cruel. ¿Qué derecho tenía ella para preferir eso?

   —Dios así lo quiso, bichito —intervino la madre—. Tú no debes contrariarte, porque a esa persona le había llegado su hora. Pero fue tan bondadosa que decidió regalarnos su corazón para ayudarnos.

   —Así que tu corazón ha sido un regalo de Dios.

   —En parte sí, bichito —respondió la madre.

   El padre la miró con cara de reproche; pero no encontró una mejor manera de explicar la cuestión a su pequeña hija. Al menos no una que se ajustara a su tierna edad. La explicación de “Dios” tendría que valer, aunque a él no le gustase.

   —Estaré en mi estudio revisando unos planos —dijo el padre caminando hacia el pasillo— ¿Estás segura de que te encuentras bien, amor?

   —Tranquilo. No me pasa nada. —El hombre asintió.

   —Y tú, enana. Deja a mamá dormir. Si necesitas algo, pídeselo a María, que para eso es tu niñera.

   —Está bien, papá.

   La niña siguió a su padre fuera de la habitación. Apagó la luz, y antes de salir le dedicó una amplia sonrisa a su madre, que ella agradeció con un beso a distancia. Siguió adelante y el balcón seguía tentándola con el calor del sol. Bajó corriendo por las escaleras, aun sabiendo que su padre podría enfadarse. Entró en la cocina y María estaba allí. Preparaba el té de la tarde. Su padre seguía a rajatabla la tradición del té que le imponía su origen británico. Pero Inglaterra era un país lejano y la niña no comprendía ese tipo de rituales. Ni siquiera entendía bien el inglés. Ella prefería cosas como rezar por las noches junto a su madre.

   Se acercó a su niñera para preguntarle si le apetecía caminar por la arboleda un rato cuando la tetera comenzó a silbar. La muchacha la quitó del fuego y fue en busca de las tazas. La pequeña pensó que los adultos eran personas sumamente ocupadas. Todo el tiempo haciendo cosas de acá para allá, sin tiempo para atender los deseos de los niños. Comprendió que la niñera estaría atareada hasta que su padre hubiese tomado el té en su estudio. Ella quería ver el sol ahora mismo. Se alejó por el salón y dejó a la niñera ocuparse de sus propios asuntos.

   La pequeña abrió la puerta del patio, plantó los pies sobre el verde césped y respiró el fresco aire de la montaña. Cada minúscula partícula de energía entro en sus pulmones. Ella lo llamaba energía de la naturaleza, y aunque nadie más podía verla, ella sabía que era de un color verde brillante.

   Fue saltando por la senda de piedrecillas y llegó al inicio del camino que llevaba al bosque. Los altos árboles se alzaban frente a ella. Unos pocos pasos más y la rodearían con sus sombras de cientos de años. Eran como las columnas de los edificios, alzándose hasta los verdes techos de hojas. Su padre era un arquitecto genial, pero había que admitir que Dios era incluso mejor. Siguió caminando entre esos gigantes y siguió admirando su belleza hasta que encontró al final del camino al hombre del traje y el bombín. Aún estaba lejos de ella, la verdad es que incluso con los cantares de la niña, no parecía prestarle la más mínima atención. Sólo estaba de pie, plantado en un pequeño claro de la arboleda, mirando hacia el cielo de color celeste eterno.

   Fue cuando la niña lo notó. Ese hombre no era como cualquier otro. Desprendía un extraño resplandor. Un brillo que no era un brillo. No es que estuviese más iluminado que el resto del entorno, era que destacaba como si todo lo demás fuese un mero escenario de su existencia. Todo, incluso la niña, era parte del entorno que rodeaba a ese particular individuo. La niña lo sabía, lo notaba. Bastaba con ver su traje y su paraguas para darse cuenta de que no es que el hombre estuviese fuera de lugar. Era todo el mundo el que se había equivocado al no adaptarse con su atuendo. La pequeña se dio cuenta de que, si llevaba un paraguas, era porque debería estar lloviendo en lugar de hacer sol.

   —Hola —saludó la pequeña en voz tan alta que los pájaros volaron de sus nidos.

   El individuo no se giró a ver a la niña. Sólo se interesó por unas hojas que cayeron tras el vuelo de los pájaros. La hoja cayó y cayó, describiendo círculos en su descenso. La niña volvió a saludar; pero él no le prestó atención, siguió mirando la hoja hasta que toco tierra. La pequeña pensó que si no prestaba atención, quizás sería que su voz no tenía importancia. Quizás era porque saludar no era lo que debía hacer. Dejó de pensar que era un individuo, que era un hombre, para darse cuenta de que era simplemente Él. Porque cuando alguien desprende tal importancia se le debe tratar como es debido.

   Él deslizó al fin la mano sobre su paraguas. Lo levantó y empujó la varilla y la estiró abriendo la capucha de tela. Entonces esos pequeños puntitos verdes que sólo ella veía subieron por el mango. La energía de la naturaleza. ¿Significaba eso que estaba ante Dios? La pequeña miró al cielo. ¿Dónde estaba el color celeste eterno? Las nubes cubrían todo el paisaje. Era algo muy extraño, de pronto estaba lloviendo. Y no es que al abrir el paraguas hubiese comenzado a llover, es que desde el momento en que se abrió el paraguas había estado lloviendo todo el día. El paisaje, el cielo y el mundo entero se estaban adaptando para no estar fuera de lugar ante Él.

   La niña quedó empapada al instante. O más bien había quedado empapada desde el momento que salió de la casa. Ella era consciente de que no estaba lloviendo, pero al mismo tiempo sabía que llovía desde la noche anterior. Un miedo profundo invadió su mente. No sabía bien a que realidad atenerse. Como si la realidad de Él no fuese lo suficientemente real. Se sentía fuera de lugar, cerró los ojos y deseó no estar mojada desde que salió de casa. Deseó haber visto el cielo y el sol. Durante un segundo rezó, y en el interior de su mente la realidad parpadeó abriendo paso al cielo por un instante. Abrió los ojos y seguía lloviendo. Todo era igual salvo porque Él le prestaba atención. Estaba girado, con su paraguas abierto y la mirada centrada en la niña. Tenía unos ojos de color celeste eterno. Unos ojos que se preguntaban por qué una niña estaba fuera de lugar.

   Ella sintió pánico ante la mirada del dios. No tenía idea de cómo; pero sabía con certeza absoluta que no era Dios, era un dios. Todo poderoso, sí; pero uno de muchos. Lo observó de arriba abajo, tal como hacía él con ella. Un rayo iluminó con luz cegadora el bosque entero, y descubrió que el ser omnipotente no proyectaba sombra alguna. Los pequeños ojitos se llenaron de lágrimas antes de que se precipitara corriendo de regreso a la casa.

   Cerró la puerta tras de sí. Su respiración era acelerada. María bajaba las escaleras muy asustada.

   —¿Dónde estabas? —preguntó a la niña.

   —Estaba afuera cuando comenzó a llover.

   —Tiene todo el día lloviendo. Tus padres te dijeron que no salieras. —La pequeña sabía que era verdad, aunque no recordaba haberlo vivido. Era como si la lluvia lo hubiese cambiado todo—. Tu madre no se encuentra bien. Te estábamos buscando.

   La pequeña fue hasta el salón, y sentada en el sillón estaba mamá. Tenía la frente cubierta por perlas de sudor, los labios apretados en un gesto de dolor y una mano oprimiéndose el pecho.

   —Estás pálida —se preocupó la niña—. ¿Es el corazón?

   —Parece que no era acides lo que tenía; pero no te preocupes, bichito, papá está llamando al médico. Todo va a salir bien. —La mujer vio a su hija empapada y decidió conscientemente hacer la vista gorda. No era momento para regaños.

   —¿Me está diciendo que la ambulancia tardará una hora? —El padre entró gritándole al aparato de teléfono —Mi mujer recibió un transplante de corazón hace un mes. No podemos esperar tanto.

   El hombre miró a su esposa y luego a la niña.

   —¿Tú dónde estabas? —El hombre tapó el auricular con la mano—. ¿No te das cuenta de que tu madre…?

   —Cariño, ahora no. Déjala tranquila —intervino la madre, la pequeña ya estaba bastante asustada.

   —¿Si? —El hombre volvía a dirigirse al servicio de emergencias—. Entonces vamos a tener que ir nosotros. Salimos ahora mismo.

   »La tormenta tiene las carreteras principales colapsadas. Las ambulancias están totalmente inmovilizadas. Ponte un abrigo, te llevaré al hospital en coche.

   —Es por culpa de la lluvia. Antes no estaba lloviendo —dijo la pequeña.

   —Bichito, ha estado lloviendo desde anoche —respondió la madre poniéndose una chaqueta con cuidado.

   —Sí, pero llueve desde anoche sólo desde hace un rato. Fue el dios el que lo hizo.

   La madre se agachó lentamente y cogió la carita de su hija entre las manos.

   —Todo lo que sucede es cosa de Dios, amor. Él sabe el porqué hace las cosas.

   La niña se calmó ante aquellas palabras. Vio como su padre cogía de la mano a mamá. Asintió cuando le pidieron que se portara bien con María. Sintió el beso que le dio su madre antes de salir por la puerta.

   —No te preocupes, bichito. Vendré pronto. Todo saldrá bien, si Dios quiere.

   “Si Dios quiere.” Esa frase se quedó dando vueltas en el interior de la niña. La puerta de la casa se cerró y el coche de papá arrancó. “Si Dios quiere.” “¿Y qué pasa si a Dios le da igual?”

Continuará…

Escrito por: Luis A. R. Selgas.

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