La niña y el camino – parte 4: Camino de Dolkos.


Relato por entregas: 4 de 4

Continua de La niña y el camino – parte 3.

Os presento la última parte de “La niña y el camino”. Si no habéis leído los anteriores os invito a hacerlo. Espero que los disfrutéis.

puerta4

El camino de Diolkos era una llanura árida llena de grietas y peñascos. El color de la tierra era el de la arcilla cocida. El tren viajaba a gran velocidad por las vías que atravesaban el seco panorama casi infinito, sólo interrumpido por el río que lo surcaba como una cicatriz en medio de aquel desierto.

No había tiempo para dudar, no quedaba un instante para temer. Héctor saltó al vacío en el único segundo que le habría sido posible hacerlo. Voló como una bala por el aire y se precipitó en el agua que lo recibió con la suavidad del hormigón. Se hundió en las oscuras profundidades y fue arrastrado por la corriente sin que le diera la oportunidad de subir a tomar aire. Luchó por emerger con todas sus fuerzas, pero tener que proteger el libro entre sus ropas, le dificultaba mucho las cosas. Rozó la superficie con los labios y pudo respirar un instante, antes de que todo se volviera negro.

***

—Despierta, papá —le decía una dulce voz.

Héctor abrió los ojos y se encontraba en la orilla de una especie de lago. A unos metros un gran muro de piedra cerraba el paso, la única salida era un arco tallado en mármol. A su lado había una niña, sacudiéndolo para que reaccionara. Era Diana, cuando el hombre pudo incorporarse le dio el abrazo más fuerte que la niñita hubiese recibido en toda su vida.

—Papá, deprisa, tenemos que irnos.

— Diana, pequeña. ¿Cómo llegaste hasta aquí?

—Tras ese arco hay una cueva que tiene dos entradas. Una desde aquí y otra desde el camino de Diolkos. Quería ver que había del otro lado antes de volver a casa y te veo aquí tirado.

—Me has dejado las pistas y he venido a buscarte. —La niña sonrió a su padre.

Los dos juntos atravesaron el arco de mármol y se vieron en el interior de una caverna. Era una estancia enorme. Los pasos resonaban en las paredes como un eco atronador. En un rincón de la gran sala estaba colocada la gemela de la puerta de madera, con una llave dorada puesta en la cerradura. La entrada a universos. La niña corrió hasta ella para abrirla, mientras Héctor se quedó mirando unas estatuas que se encontraban a pocos metros. Eran unas esculturas detalladas de una mujer y dos niños con caras alegres. El hombre no pudo reprimir unas lágrimas.

—¿Qué pasa? ¿Quiénes se suponen que son?

—Esos niños que juegan somos tu tío Michel y yo. Y a esa mujer no la conoces. Es tu abuela. —La imagen le era tan familiar, pues la recordaba de una hermosa foto que había sacado su padre. Donde aparecían los tres juntos envueltos por unos preciosos cielos color rosa.

La niña abrió la puerta y tras ella sólo encontró piedra. La pequeña se desesperó y comenzó a sollozar. Héctor cerró la puerta y se sacó de entre las ropas el libro de Octavio. Volvió a girar la llave y se encontraron nuevamente en el sótano de la tienda de antigüedades. El anciano estaba bajando las escaleras cuando vio a su nieta y a su hijo empapado. Se quedó petrificado cuando se dio cuenta de que la puerta estaba abierta.

Héctor se acercó a su padre y lo abrazó. No lo había hecho desde hacía más de 13 años. Antes de que su madre hubiera enfermado. Después de haber recorrido aquel mágico mundo lo había comprendido. Aquel universo era un homenaje a su memoria y a lo mucho que la había amado. Durante los últimos meses de vida de su esposa, Octavio se había pasado días encerrado en aquel sótano, atravesando esa puerta, para tratar de crear el mundo perfecto para ella. Las flores que fueron sus favoritas, los pájaros que más le gustaban, los cielos rosas que la habían maravillado aquella vez. Y su tren, siempre su amado tren. Que la llevaría allá donde deseara. Por eso aquella historia terminaba en un instante infinito. Planeaba entrar allí con ella y que el tiempo se paralizara para tenerla por siempre. Pero ella nunca pudo ver su cuento acabado.

—La querías mucho —le dijo Héctor a su padre y cerró la puerta.

—Siempre la querré.

—Vamos Diana, tenemos que leer un libro. —Los tres subieron las escaleras y el tiempo se paró en un instante.

Escrito por: Luis A. R. Selgas.

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