Suave como el tercipelo


Relato corto

Esta semana un artículo más y otro relato. Lo escribí después de escuchar la canción que por él se ha colado. Me apetecía explorar con un narrador un poco diferente de lo habitual. No será la primera vez que se hace, ni tampoco la última; pero ¿acaso a estas alturas del invento queda algo sin hacer?

Espero que disfrutes la historia. Nos vemos el fin de semana con otro artículo sobre escritura en Mi universo.

velvet

Ese día observé por vez primera la libertad en vida; como jamás lo había hecho, en las tiernas alas de un pájaro, en el suave mecer de sus plumas al viento. Pues yo ya estaba muerto, y lo estaba por la prisión que habían supuesto los grilletes de un beso de sus labios. El pájaro revoloteó dando piruetas, se posó en el borde de la ventana y picó el cristal. Parecía que me llamaba. Yo no acudí, pero mi alma no resistió la invitación que se le hacía para emprender el primer y último vuelo. Cerré los ojos y desperté…

Ella entró por la puerta del lavabo haciendo resonar sobre el parqué las agujas de sus zapatos de tacón. Estiró las piernas para esquivar el cadáver tendido en el suelo, mi cadáver. Suena raro hablar de uno mismo cuando ya estás muerto; pero después de todo, la mayoría de las personas que alguna vez han vivido, hoy están muertas. Supongo que todo es cuestión de acostumbrase en esta vida. Ella pasó por encima de mío sin pudor por la abertura su falda, y qué falda, y qué piernas. Mi sangre nunca volvería a correr enfebrecida por aquellas piernas, una verdadera lástima. Aunque al final resultase ser una arpía y acabase con mi vida, la verdad es que había valido la pena. Era mi arpía. Además, no es que yo no me lo mereciera. Siempre fui un idiota del tres al cuarto, un don nadie de poca monta, un estúpido que habría ido al infierno por esos labios de rubí. Moriría por ella… morí por ella.

Mi arpía se agachó con cuidado de no tocarme, para recoger del suelo el maletín que yo había dejado caer cuando recibí el disparo en el pecho. El maletín de la pasta, le llamaba ella; porque dentro debía haber cien mil dólares. Eso era lo que había terminado valiendo nuestro amor. Y pensar que yo creía que con ese dinero íbamos a fugarnos y pasar el resto de nuestras vidas en medio del paraíso. Ella fue hasta el tocadiscos, puso un vinilo y lo encendió. El aire se llenó con las notas de nuestra canción, “Blue Velvet”. Una despedida o una broma, ¿quién sabe?

—Siempre fuiste un cobarde —le dijo a mi cadáver—. Pero admito que esta vez has sido útil, cariño.

Teníamos un plan. Esa mañana yo debía ir al bar de Pete el gordo, el mayor capo de la zona. Tenía que entrar en su despacho y cambiar el maletín de la pasta (era para sobornar al juez Constanza) por uno preparado con una sorpresa de explosivos. Nosotros nos íbamos con el botín, y nadie tendría tiempo de buscarnos mientras recogían los trocitos del jefe. Pero ella tenía pensada otra cosa. Me esperó en mi piso. Cuando yo entré escuché el agua de la ducha correr. Me imaginé su silueta detrás de la cortina. Al abrir la puerta del baño yo aún tenía el maletín en la mano. Mi arpía estaba sentada sobre la taza del retrete, apuntándome con aquel revolver. Bang, un disparo en medio del pecho me rompió el corazón. Entonces volé y al final fui libre.

No puedo culparla, incluso muerto aún la seguía amando. Me hubiese gustado poder decirle una última cosa. Ella levantó el teléfono y marcó un número.

—Hola. Ya tengo el dinero —dijo al aparato—. No te preocupes, no sospecharán nada. Cuando explote el maletín todos sabrán que fue él, estarán tan ocupados con el circo que tendrán montado que, no se pararán a pensar quién lo mató… Sí, yo también te amo.

Se acercó al fiambre por última vez, se besó los dedos y me los acercó a la frente.

—No hubiese funcionado, cariño. Siempre fuiste un cobarde —se burló de mí.

Y tenía razón…

Cerró la puerta tras de sí sin que yo pudiera disculparme por haber sido un cobarde. Sin poder decirle las últimas palabras que me habría gustado. No me importó el disparo en el pecho, pero aquella llamada me había dolido en el alma. Ya no importaba lo que le quería decir. Ella se lo había merecido.

El pajarito seguía picando el cristal de la ventana. Por debajo de la letra de “Blue Velvet” aún se escuchaban sus zapatos de tacón al alejarse por el pasillo. Llevaba bajo el brazo el maletín con la bomba que no me había atrevido a cambiar. Después de todo, yo siempre había sido un cobarde.

Escrito por: Luis A. R. Selgas.

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4 comentarios en “Suave como el tercipelo

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